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CAPÍTULO 1 DE "LA PERFECCIÓN DEL SILENCIO"
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1

—¿Salimos a tomar una copa?
—No me apetece.
—¿No te apetece? Eres joven, estás sana, debería apetecerte —dijo Ana con vehemencia.
—Otro fracaso para los imperativos universales, ya ves tú.
—Hace mucho que no sales.
—Ya —me limité a responder.
Ana bordeó con la yema del dedo el gollete de su botellín de cerveza y dijo, en tono casual:
—Podrías conocer a alguien —la miré, frunciendo el ceño. Ella se alzó de hombros—. ¿Qué? Ya han pasado seis meses desde que…
—No sigas —la fulminé con la mirada.
—Mira, Sara…
—No —dije entre dientes.
—Creo que deberías afrontarlo de una vez. Si te sigues poniendo así por un simple comentario…
—Ana… —le advertí.
Ella sacudió la mano.
—No, esta vez no me callarás. Mira, hay dos opciones para esto —dijo—. O pasas página o afrontas por qué no puedes pasar página —me miró, desafiante—. Tú no has hecho ni lo uno ni lo otro —echó hacia atrás un mechón de su melena cobriza.
—Sí lo he hecho —me defendí—. He pasado página.
—¡Ja! Mírate. Te pasas los fines de semana metida en casa desde que rompisteis. No quieres salir, no quieres conocer a nadie, no…
—¿A qué viene esto ahora? —la corté, enfadada.
—¡Porque estoy harta de verte así! —exclamó—. A estas alturas ya deberías haber empezado a resucitar, joder.
—No estoy muerta.
—Nadie lo diría.
—Vete a la mierda.
—A tu madre no le gustaría ese lenguaje —replicó, con tono de regañina.
—Mamá hizo muy mal acogiéndote en casa —rezongué—. Pero la pobre desconocía que los bisexuales sufrís del mal del karma desorientado y su consecuente impertinencia.
Se cruzó de brazos y una expresión de fingida ofensa se dibujó en su rostro ovalado.
Yo solo pienso en lo mejor para ti.
—Lo mejor para mí en estos momentos es irme a la cama.
—¿Cómo puedes desperdiciar una noche de juerga? —Me señaló con el índice—. Mírate, coño. Eres una rubia de metro setenta, piel clara, cuerpo de espanto, ojos de cierva, boquita pecadora, inteligente, simpática y buena persona hasta decir basta. ¡Si sales, tienes rollo garantizado, hermanita!
Un tono agudo nos interrumpió en ese momento. Ambas nos volvimos hacia el ordenador. Era el sonido de aviso del programa de chat.
—¿Te lo has dejado conectado? —le pregunté.
—Oh, sí, se me olvidó —puso los ojos en blanco—. Fusila a esta impertinente y desorientada bisexual por ello.
—¿Por qué no te vas a amargarle la vida a Juanepi? —Me acerqué al ordenador para conectar la pantalla.
—Porque los maricas defectuosos no son tan interesantes como las hermanitas con el corazón destrozado —replicó ella, justo un instante antes de lanzar un juramento y, de una zancada, alcanzarme—. ¡Espera! —gritó, adelantando una mano.
Presioné la tecla de encendido. Una pestaña de color naranja parpadeando en la barra inferior indicaba que había alguien al otro lado del chat. Intenté leer el nombre, pero no me dio tiempo. Ana apagó el monitor y se interpuso entre el ordenador y yo.
—¿Se puede saber qué te pasa? —pregunté con fastidio. Hoy debía de tener el karma especialmente desorientado.
—Nada —respondió. Sus ojos claros indicaban otra cosa. Se había puesto nerviosa.
—Siempre has mentido fatal, Ana. —Miré hacia la pantalla negra—. Solo la has apagado. Quien sea estará esperando que le contestes, idiota.
—Pues que espere.
Se apartó del ordenador, pero, al ver que no la seguía, regresó a mi lado, me cogió de la manga de la camiseta y tiró de mí. Yo me dejé arrastrar unos metros, clavando la mirada en su nuca. Ana y yo nos conocíamos desde que, más de veinte años atrás, se trasladó a vivir junto a su familia a nuestro barrio. Yo tenía entonces cuatro años y ella, seis. Ana siempre tuvo una relación bastante difícil con sus padres, razón por la que pasaba mucho tiempo en casa. A lo largo de los años, ambas circunstancias —las desavenencias con sus padres y la integración en nuestra monoparental familia— dieron como resultado que a los dieciocho llamara a nuestra puerta con una maleta en la mano y una petición de asilo permanente. Esas más de dos décadas me daban el bagaje suficiente como para saber que Ana se traía algo entre manos. Tiré de ella para frenarla y me miró de forma huidiza, lo que confirmó mis sospechas.
—¿Hay algún problema, Ana?
—¡No, claro que no! —Replicó, con excesiva energía—. Quiero ir a tomarme esa copa, eso es todo.
—Ana… —señalé el ordenador con un gesto de la cabeza—. ¿Qué has hecho?
De pequeña, Ana se metía en líos descabezando las muñecas de sus compañeras de clase y, ya adulta, manteniendo de forma harto obstinada relaciones poco convenientes. Había que vigilarla en ese aspecto, y el hecho de que me apartara del ordenador activó todas mis alarmas. Ana frecuentaba chats de relaciones y no habían sido pocas las ocasiones en las que creía haber encontrado al amor de su vida en ellos —algo que ocurría, más o menos, cada cuatro o seis semanas—, evadiendo mis argumentos en torno al hecho de que empezar una relación con, por ejemplo, un hombre que a las primeras de cambio se bajaba los pantalones y eyaculaba en un vaso no era lo más sensato que un ser humano podía hacer en su vida. Unos días atrás me había comentado que Pequeña Zanahoria —Ana catalogaba a sus ligues con motes alusivos a sus características físicas—, una de sus parejas del año anterior, volvía a rondarla después de tiempo sin saber de ella. Tal vez se tratara de esa chica, pero el nerviosismo de Ana apuntaba más bien hacia una de sus habituales catástrofes «sociales». Tenía la imprudente costumbre de simultanear relaciones, y eso había derivado a veces en situaciones desagradables. Como aquella ocasión en que tuvo un lapsus con su agenda social y citó al mismo tiempo a dos de sus amantes en el piso, situación incomodísima —y harto ruidosa— que marcó un hito en la escala de chismorreo vecinal. Para mi desvelo, Ana era incorregible en ese aspecto, y la máxima de aprender de los errores le sonaba a chino mandarín.
—¿Ana Patricia? —insistí en tono admonitorio.
No me contestó, y eso, junto a su expresión de culpabilidad, fue suficiente. Me moví con rapidez y corrí hacia el ordenador. Escuché un sorprendido «¡Joder!» a mi espalda, pero Ana no pudo impedir que volviera a encender la pantalla. La pestaña que aparecía en la barra inferior no revelaba el nombre completo, pero sí lo suficiente como para saber que Ana estaba metida en un lío. El pequeño rectángulo anaranjado mostraba un nombre que empezaba por «mont…». Antes de poder ver nada más, Ana llegó por detrás, se agachó junto a la torre y desconectó el ordenador. Me volví hacia ella y puse los brazos en jarras. Alcé el dedo índice.
—Punto número uno: los ordenadores no se apagan así, que te los cargas. Punto número dos: ¿se puede saber qué coño estás haciendo? —le espeté con severidad.
Ella rehuyó mi mirada.
—¿Ana?
—¿Qué has visto?
—Lo suficiente —la miré, entrecerrando los ojos.
Ella parecía calibrar mi reacción.
—Te lo puedo explicar, de verdad —dijo.
—¿Es que no quedó claro en su momento? ¿Es que no fue suficiente con lo que pasó? —A cada palabra, Ana iba poniéndose más nerviosa—. ¿Qué quieres, que la tía esa vuelva aquí a montar un numerito? ¿Que nos dé un susto de narices aporreando nuestra puerta de madrugada?
Montador69 había sido uno de esos ligues esporádicos de Ana que había estado a punto de convertirse en una auténtica catástrofe. Lo conoció a través de un chat de solteros, pero su estado civil no era, precisamente, aquel del que hacía gala. Todavía recordaba con horror los amenazantes e-mails enviados por la mujer del susodicho célibe de las narices. Al parecer, este no había borrado el historial de sus conversaciones con Ana y su mujer las había descubierto. Darle las señas de casa en uno de esos mensajes no había sido de las mejores ideas de Ana, huelga decirlo. Pensé que había aprendido la lección, pero estaba claro que eso también debía de sonarle a dialecto oriental.
Ella me miró con una curiosa expresión entre sorprendida y aliviada. Supuse que le resultaba más fácil haber sido pillada que tratar de ocultarlo. Tomó aire y alzó la barbilla.
—No es asunto tuyo, ¿vale?
—Sí lo es, Ana. No me gustan esos rollos. No fue agradable.
—No te preocupes; se puso en contacto conmigo, pero ya tenía pensado mandarlo a hacer gárgaras.
—¿Seguro?
—Que sí, pesada, te lo prometo.
Juanepi decía que las promesas de Ana tenían menos credibilidad que el Vaticano cuando opinaba acerca de asuntos morales, y en eso no podía estar más de acuerdo con él.
—No quiero líos, ¿entendido? —le advertí.
—Sin líos, oído cocina. —Dio una palmada, dando por zanjado el asunto—. Venga, nos vamos de ligoteo.
Resoplé con hastío.
—Ya te he dicho que no me apetece salir.
—¡Pero qué mustia eres a veces, joder!
—Además —añadí, incómoda—, no quiero volver a encontrarme a la tía rarita esa.
—¿Qué tía rarita?
—Te lo conté el otro día. —Ella hizo un gesto de ignorancia—. La que me sigue a todas partes —le recordé.
—¿Hay una tía que te sigue a todas partes? —sonrió—. ¿Con el consolador en la mano? ¿Bragas por los tobillos?
—No me hace gracia, idiota. Me da mala espina.
—No sabía nada.
—Pues te lo conté.
—¿Cuándo me lo contaste?
—En el cumpleaños de Juanepi.
—¡Acabáramos! —exclamó—. Ese día estaba ya borracha incluso antes de encargar la tarta. A ver, cuéntamelo ahora. Hay una tía que te sigue, ¿y…? —Me animó a continuar con un gesto de la mano—. ¿Cuántas veces te la has encontrado?
—Un par.
—¿Solo un par? No fastidies, hermanita, eso no es persecución, se llama casualidad.
—Haz el favor de tomártelo en serio, joder. Ya sabes que…
—Ya sé… ¿qué?
—Pues eso, lo que pasó… —Hice una pausa, para tomar aire. No me resultaba nada fácil volver a aquello, ni siquiera sin mencionarlo directamente. Era la segunda vez que el tema volvía a salir y empezaba a sentir los ojos de noche rondando la periferia de mi derrotado corazón—. Eso. Ella me contó que esa mujer… que creía que había estado siguiéndola. ¿Y si…?
—¿Eso? ¿Ella? —Ana hizo un gesto de extrañeza y después cayó en la cuenta—. ¡Ah, ya! Eso. Ella. ¿No creerás que tiene algo que ver, no? —Por un momento, un gesto de preocupación ensombreció su rostro.
—No lo sé —dije con aprensión. No quería volver a pensar en eso, en ella, pero esa noche parecía inevitable—. La primera vez que vi a esa mujer fue una tarde al salir de la librería, pero tenía un vago recuerdo de haberla visto antes, aunque no podría asegurarlo. Estaba en la acera de enfrente. Se dio cuenta de que la miraba y se marchó. No le di mayor importancia hasta que volví a verla un sábado, en el Muschel.(1)
—Pero, entonces, tu teoría es que la tía que te sigue es la misma que en su momento ella te contó que la seguía.
La conversación empezaba a agotarme, por muchas razones.
—Sí.
—No sé, Sara, han pasado meses. ¿A qué santo vendría eso ahora?
—Las dos veces que la he visto siempre ha estado sola.
—Una chica solitaria en busca de compañía. De tu compañía —sonrió, quitándole importancia—. Te vería en el pub, le gustarías, y solo busca la forma de acercarse a ti. Tal vez averiguó que trabajas en la librería. ¿Cómo es?
—Alta. Pelo corto, castaño. Tipo flacucha de gimnasio.
Buf, pues con esa descripción hay centenares. Venga. —Se acercó a mí y me pasó el brazo por los hombros—. Vamos a olvidarnos de la historia. No será nada. Ve a cambiarte, nos vamos.
—¿Después de todo lo que te he contado? —protesté.
—Precisamente por todo lo que me has contado. Si está, quiero ver a esa tía. Venga, cámbiate —señaló el dormitorio.
—Así estoy bien.
Ella resopló.
—¡Anda ya, no me jodas! Si vas casi en chándal. ¿No quieres ligar?
—Pues no.
—¿Y por qué no quieres ligar?
—¿Y por qué tengo que hacerlo?
—No tienes que prometer amor eterno, joder. Solo tontear, lustrar perlas, esas cosas.
—Creo que mejor me quedo en casa esta noche, de verdad. No estoy de humor.
Me miró con decisión.
—Pues si no quieres ligar —hizo una levísima pausa para tomar aire—, es que la sigues queriendo.
Se calló y nos miramos con intensidad.
—Ana Patricia —dije, en tono amenazador.
Ella no se dejó intimidar.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo.
—¿Puedo impedírtelo?
—¿No es algo que querrías?
—¿El qué? ¿Que me hagas preguntas?
—Volver con ella.
El silencio que siguió a su frase fue demoledor. Tuve que hacer un esfuerzo para tragar. De repente, parecía como si mi garganta fuese un estrecho paso entre montañas que acababa de sufrir un desprendimiento.
—Sé que todavía la quieres —añadió, como desafiándome a que la contradijera.
Tomé aire un par de veces y encontré al fin la voz que había perdido entre los cascotes.
—Tú no sabes una mierda —repliqué, enfadada—. ¿A qué viene todo esto ahora?
Ana hizo un gesto de exasperación.
—Pues porque no levantas cabeza desde hace medio año y tampoco quieres volver a salir con nadie, y encima nunca has querido hablar más de ello y… ¡todo fue tan de repente…!
Dejé pasar un par de segundos antes de responderle, ocupada en llevar aire a mis pulmones.
Ana, ciertamente, debía agradecer que las miradas no matasen.
—La quería —dije, en voz muy baja—. Y ese amor se volvió contra mí. No hay nada más que decir.
—Lo entiendo, pero… —Hizo un mohín de disgusto—. La echo de menos. Os echo de menos a las dos juntas.
—Ya. Pues no puedo ayudarte, lo siento.
—Yo creo que las cosas podrían haberse solucionado de otra forma.
—¿Ah, sí, eso crees? ¿Y cómo, Ana?
—Tal vez tendríais que haberos sentado a hablar.
Esbocé una mueca sarcástica.
—Sí, hubiese sido una gran conversación: bueno, Maca, ¿qué tal tu amante, esa con la que has estado engañándome mientras decías que me amabas?
—Quizás, si la hubieras dejado explicarse…
—La mejor explicación que tuve fue verla con ella, ¿no crees?
—Bueno, técnicamente no las viste juntas —objetó.
—Oh, no, claro —repliqué—. Solo pillé a su amante subiéndose las bragas en nuestra habitación.
—Quizás...
—Quizás nada, Ana —corté de forma tajante—. No quiero volver a hablar de eso, ¿de acuerdo? No se me quita de la cabeza. Veo a esa mujer allí, la cama revuelta, su perfume… — ahogué un gemido.
Ella se acercó a mí y me abrazó.
—Vale, vale, está bien. Perdona, no quería ponerte así. Lo siento. —Acarició mi nuca y me estrechó entre sus brazos unos segundos. Después se apartó y sonrió con decisión—. Pero vamos a tomarnos esa copa esta noche.
—¡Oh, por favor, Ana!
—No hay peros que valgan. Un coño con otro coño se saca, ea. Ya está bien de mustiarse, virgen y mártir.
—No soy virgen.
—Pero corres el riesgo de involucionar si sigues así. Te crece el himen otra vez. —Se movió con decisión hacia la puerta, arrastrándome con ella—. La chaqueta. Las llaves. Nos vamos.
***



(1) ‘Almeja’, en alemán.

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